HOY PROCESIONA LA AGONÍA (VIERNES SANTO 2020) (Agustín Alcaraz Peragón)

Queridos hermanos agónicos.


Es Viernes Santo. Y son la siete de  la tarde.


Y para nosotros es una sensación extraña, dolorosa incluso. Porque estamos en nuestras casas y tendríamos que estar, bien que lo sabéis, en el Patronato.


Pasar lista, formar el tercio… Buscar a algún voluntario para llevar el hachote en la izquierda. Cambiar alguna capa para mejorar el conjunto.


La mayoría vestidos de blanco y morado. Otros, los que ya lo hicieron o los que lo harán cuando crezcan, de terciopelo morado. Y muchos más que nos acompañan alrededor, esperando que suene ‘Santa Agonía’.


De aquí deberíamos partir hacia la iglesia, llegar al Callejón de Bretau y entrar en un ciclo maravilloso en el que apenas puedes pensar. Capuz, guantes, hachote. Tambores. Alineación. Respirar a través del raso. El sudario empieza a andar. Suena ‘Santa Agonía’, el corazón se te dispara. Te ajustan la capa. Pisas la rampa. Aire. Con nervios como la primera vez.


Tu mente ya es procesión. Es sólo procesión. Es identificar tus tambores y mimetizarte con ellos. Es ver durante horas un capuz morado y una capa blanca, los de quien te precede, que son también los tuyos. Porque somos más que un tercio. Somos una agrupación cargada de historia. Y la notas, vaya si la notas.


Recuerdas cuando necesitabas que tu padre te vistiera de capirote. Tus primeros años. Y cuando, aunque ya sabías hacerlo, querías que fuera él quien te pusiera el fajín. Quien te cerrara la capa. Querías su experiencia, sus años de procesión que ahora continuabas tú, pero sobre todo compartir con él ese orgullo inenarrable que, afortunadamente, aún tenemos cada Viernes Santo.


Recuerdas cómo te enseñó los conceptos básicos de un capirote de la Agonía: vestirte con el tiempo justo de ir, por el camino más corto y discreto, al Patronato. No te vistes para que te vean, sino para procesionar. Respeta el traje que llevas. La procesión empieza desde que formas el tercio, y no sabes en qué puesto vas hasta que te lo dicen un rato antes. No hace falta que se lo digas a nadie, porque en la procesión no estás para saludar, sólo para ser uno más de un tercio. De tu tercio.


Y lo incumples. Lo hacías de crío y lo has hecho de mayor. Porque querías que tu padre supiera donde ibas (¡como si no lo hubiera visto él mismo en el patio mientras dabas unas vueltas a los sones de tu marcha!). Y luego querías que lo supiera tu novia, cuando, con ese garbo (y tontería, todo sea dicho) adolescente te enorgullecías de que te acompañara hasta el Patronato y llevase tu capuz.


En procesión no se mueve uno cuando el tercio está parado. Y no hablas, no saludas. Estás pendiente del sudario. No tienes otra cosa que hacer. Y tienes el orgullo de hacerlo.


Y la procesión finaliza cuando devuelves el hachote en el fondo de la iglesia. Son palabras que se te graban a fuego. Y durante décadas cuando atraviesas a la vuelta el dintel de Santa María pasando junto a tu sudario, tus fuerzas resucitan, y te pones aún más derecho, cabeceas con fuerza el hachote y lo empujas con orgullo hasta que, al llegar al altar te lo quitan. Porque si no te lo quitan sigues desfilando de pie, sin moverte del sitio. Mientras hay hachote, hay capuz, paso y compostura.


Y llega un día en que tienes el orgullo, el honor, la responsabilidad y el placer –porque lo es- de enseñar eso a tu hijo, aunque dejas que sea su abuelo el que le anude el fajín, el que le cierre la capa. Y disfrutas aún más que si lo hicieras tú.


Lo que cuento lo habréis vivido muchos. Pero sólo los de la Agonía tenemos, además, la suerte de vivir el Patronato.


Porque nuestro tercio no se reúne en una calle, en una plaza o en la puerta de un edificio histórico, no. La Agonía se reúne en el Patronato desde la primera vez, desde el 18 de abril de 1930, nuestro primer Viernes Santo como agrupación.


Ya se han vestido los músicos, y los tambores, y con el primer redoble miramos a un sudario que no es sino un capuz en la mano de un sudarista que se acaba de convertir en nuestro referente, en nuestro único guía. Izquierda, derecha, andamos.


Son unas pocas vueltas entre la mirada de los nuestros… sí, de los que están y de los que no. Porque notamos de verdad que están allí. Todos y cada uno de los que han vestido ese traje desde la primera vez. Todos. No falta ninguno.


En el patio cabemos todos. Y notamos su aliento, su empuje, su apoyo que estará con nosotros hasta que devolvamos el hachote.


En realidad seguirán con nosotros en todo momento, todos los días del año, pero esas pocas horas en que vestimos de blanco y morado lo notamos más.

Por eso, os aseguro que aunque hoy no vayamos al Patronato, que aunque no vistamos nuestro traje y les recordemos en una oración antes de salir hacia la iglesia, sé muy bien que ellos sí están ahora en ese patio.


Tienen además la suerte de que nuestro Cristo esté allí, con ellos. Y desde la capilla les mirará en su cruz.


En el patio del Patronato se están formando ya largas hileras de penitentes de la Agonía. Los que somos veteranos hemos desfilado con muchos de ellos, y éstos a su vez con otros, hasta llegar a aquellos que como jovencitos vistieron el traje en el 30.


Ellos sí tienen hoy, Viernes Santo de 2020, la suerte de desfilar ante el Cristo de la Agonía, ante la Virgen de la Amargura.


Hoy están orgullosos de ser de nuevo el tercio titular. De tomar sus hachotes y recorrer las calles de Cartagena.


Hoy seremos nosotros, los que, desde casa, les sonriamos, les acompañemos, les devolvamos el cariño, las lecciones y la fuerza que un día supieron transmitirnos.

Suena ‘Santa Agonía’. El sudario se mueve. Izquierda, derecha. Adelante.


Gracias agónicos del cielo, gracias a vosotros hoy procesiona la Agonía.

 

Agustín Alcaraz Peragón